“La magia de los Reyes Magos”, cuando escribo estas palabras no puedo evitar que se me escape un suspiro al pensar que solo me queda uno que no ha despertado al camino hacia la adultez.
Y es que mi experiencia personal en este tema no fue demasiado satisfactoria. Siempre fui una niña muy crédula, inocente e imaginativa, por ello, cuando a los 5 años y dos meses, otra pequeña de 7 me confesó el «gran secreto», me negué rotundamente a creerlo. Pero al preguntarlo en casa no lo negaron, y aun recuerdo, a pesar de la edad, los sentimientos encontrados que me produjo esa evidencia.

Como ya he apuntado, era muy imaginativa,i y aquello, unido a la temprana edad, propició que no me resignara. A día de hoy el Peter Pan que guardamos todos en nuestro interior sigue sin querer renunciar a la idea de que esa historia tenga su punto de trampita.
Así que, en el fondo, nunca dejé de creer en la magia de Sus Majestades de Oriente. Pero una cosa es lo tangible, demostrable, evidente, al fin y al cabo todos crecemos. Hablo de una magia que no se ve a simple vista en forma de juguetes y otros objetos. Cuando era adolescente escribía una carta en común con mis amigos y al buzón de correos se mandaba con toda nuestra confianza y con la esperanza de que se cumplieran todos los deseos que bajo la forma de tinta viajaban con la misiva.

cartero real barcelona

Cuando deseaba con toda ilusión tener un tercer hijo, ¿A quien recurrí? A los Reyes Magos, y con total convencimiento de que mis deseos se harían realidad, lo pedí en la carta de una de mis niñas.
A mi peque siempre le digo que fue un pedido a los Reyes Magos, que como son mágicos me trajeron al rey de la casa.

Así que con semejante bagaje ya os podéis imaginar que en mi casa la visita de los Reyes siempre ha venido recargada de mucha ilusión, mucho teatro y mucha magia navideña. Los años pasan y los niños crecen, y empiezan a dejar de creer en aquellas cosas que llenaron su niñez. Con las niñas, a una edad razonable, no fue necesario aportar demasiadas explicaciones, incluso soy consciente de que ellas me la colaron a mí durante algún tiempo. A veces me pregunto si debía ser para no desilusionarme.

Pero a pesar de ello, siempre he deseado transmitir el mensaje de que realmente existe algo mágico en torno a toda esa parafernalia real. La magia solo existe si crees en ella. Desde la más tierna infancia, mientras redactábamos la carta con los niños, siempre les decía que estaba muy bien pedir juguetes y cosas materiales pero que los Reyes Magos eran muy felices cuando los niños se acordaban de pedir buenos deseos para los demás. Y precisamente en ello ha quedado la magia: en creer que el mundo se puede convertir en algo más bonito si lo llenamos de buenos pensamientos y acciones.

 

La magia de la Navidad y de la existencia en general no está en aquellas cosas que se pueden comprar, a pesar de que nos ha tocado vivir en una sociedad materialista, de la que por supuesto nosotros no estamos al margen. Sin embargo, resulta algo necesario seguir creyendo en los buenos valores que se encuentran en el interior de cada persona. En unos más y en otros menos, porque las personas somos un manojo de contradicciones y dentro de cada uno cabe lo bueno y lo malo. Al respecto tengo la convicción que no hay nadie que no tenga nada que aportar y de quien no podamos aprender. La clave está en la empatía hacia el resto, en intentar día a día trabajar en nuestro interior para poder llegar a ser mejores personas. Y en esencia ese es el mensaje que quiero transmitir a los niños que crecen sobre el significado de la magia de los Reyes Magos, ya que al fin y al cabo la magia se encuentra dentro de uno mismo y cada cual debe seguir persiguiendo sus sueños vengan de donde vengan.




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